¡Un llamado a la grandeza de los colombianos! Publicado en El Tiempo

Foto: JAIME GARCÍA / EL TIEMPO
Artículo tomado de El Tiempo.com

Cuenta García Márquez que en Macondo la gente vivió una violencia tan cruel en los años 60 que, de golpe, primero se enfermaron de insomnio y después de memoria: olvidaban sus nombres y el para qué servían las cosas. Un día cualquiera apareció un anciano estrafalario… Fue a la casa de José Arcadio Buendía y le dio a beber una sustancia de color apacible. “Ese día la luz regresó a su memoria…”.

¿Cómo lograr esa sustancia apacible para que después de tanta violencia y tanta rabia se haga LUZ de nuevo en la memoria vengativa de los colombianos?

Hace 200 años, Kant afirmaba que la paz sostenible exige una inspiración moral para superar la memoria vengativa y transformarla en generosidad y en magnanimidad de corazón, valores indispensables para transitar al perdón y a la reconciliación.

Mandela lo afirma categóricamente: sin perdón no hay futuro. El perdón es el esfuerzo heroico necesario para realizar el ascenso evolucionario que implica pasar de la memoria vengativa a la memoria compasiva.

Ser DON: palabra que suena cursi e irracional y, sin embargo, palabra que anuncia que contra la irracionalidad de la rabia que roba la vida, los colombianos estamos llamados a responder con la irracionalidad de la bondad, a parecernos al sol, al aire, a la lluvia, a la vida misma: don total del ser humano que entiende el don como el significado más profundo de la existencia y camino obligado a la felicidad… y a la paz.

Genera optimismo saber que opositores del proceso de paz han dado pasos significativos en la sugerencia de alternativas que superen las críticas que han realizado del proceso. Dos avances importantes fueron, primero, la aceptación de que la cárcel (tanto para Farc como para miembros del ejército, civiles o Gobierno) puede darse en la modalidad de la justicia restaurativa, y segundo, que la elegibilidad política para miembros de las Farc es posible después de cumplida la sanción y la reparación.

Es evidente que hay temas que surgirán en el camino de la paz, tanto o más difíciles de abordar que los anteriores, para los que se espera que esta iluminación sea fuente de discernimiento, sin negar la urgencia de que las élites políticas en Colombia respondan también con generosidad a los llamados a la inclusión social, económica y política de millones de gentes, a quienes la indiferencia y el desamor les ha negado el disfrute de bienes jurídicos, materiales y culturales, que permiten a las personas expresar a plenitud su humanidad.

Por más de 200 años, los colombianos hemos tenido dificultades para ser ejemplo de esta magnanimidad. La violencia nos ha permitido a todos los bandos enfrentados generar con astucia economías políticas del odio.

Vendemos odios para ganar votos y poder. O como dice Rush Dozier (Por qué odiamos, 2002), ese odio es eco de nuestros cerebros primitivos en el cerebro humanizado, eco que se ha convertido en arma de destrucción sutil que aleja la paz, tanto que cotidianamente multiplica las prácticas de la venganza (según Fiscalía-2016, hasta el 85 por ciento de los homicidios son motivados por la venganza y las riñas), eco que demanda a quienes sugerimos la solución no violenta de los conflictos, encontrar formas de desactivar esas armas invisibles del odio y la retaliación.

Los historiadores lo han registrado. “Nuestros conflictos y violencia tienen origen en una intensa rivalidad partidista”, afirma Malcolm Deas. Eduardo Pizarro, relator del estudio de Memoria Histórica del 2013, concluyó que Colombia es un país… “de memorias sin futuro que toman una forma extrema de venganza, la cual a fuerza de repetirse niega su posible superación… Odios colectivos acumulados… La negación radical de la democracia”. Fernán González describe a Colombia como “una comunidad escindida en partidos políticos contrapuestos… que excluyen a los distintos como enemigos”.

La extrema peligrosidad del odio yace en su capacidad de generar significados y entre ellos –el más letal– el significado de enemigo, que autoriza al cerebro a eliminar al oponente: el gane-pierda en el lugar de la cultura del gane-gane.

¿Después de 200 años, podremos superar eso que Carlos Mario Perea llama los códigos de honor, el llamado de la sangre o el inconsciente arcaico? ¿Dará nuestra nobleza para superar la retórica y la poética de la violencia de aquellos que, según María Teresa Uribe, saben atrapar masas para justificar la guerra?

Podremos los colombianos (los del Sí, los del No, los de la indiferencia), en un acto de patriotismo, permitir a nuestra más excelsa condición humana florecer para que triunfen las expresiones más profundas del DON: el per-dón como ejercicio de limpieza interior es indispensable antes de reunir (reconciliar) las partes de una vasija rota, ejemplo que paradójicamente dan hoy miles de colombianos víctimas de las más atroces violencias.

El perdón es un acto soberano de democracia, ejercicio avanzado de derechos humanos, expresión elevada de la responsabilidad por el otro y gesto exquisito de culto a la dignidad del ofensor.

Quien perdona evoluciona. Entiende que el perdón no cambia el pasado, pero ofrece senderos amables para caminar al porvenir. Prevalecerá así en nosotros el Abel de los orígenes, más que su hermano Caín, menos la Bestia y más el Ángel, menos el cerebro arcaico y más el cerebro evolucionado.

¡Será esta inspiración moral de la cultura ciudadana de perdón y reconciliación lo que facilitará salir de la encrucijada que vive Colombia!

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