La Historia y La Reconciliación

[Editorial]

Contestar inquietudes sobre cuáles son los temas centrales en el hacer cultural y político, de instituciones como la Fundación para la Reconciliación, es un deber ciudadano y comunitario. Por ahora, estaremos dedicados a plantear una serie de inquietudes sobre el significado de la reconciliación en Colombia, que como ya sugerimos, debe buscar su sentido en las exigencias que el contexto y el momento histórico plantean.

Hay misiones y visiones que con los tiempos se hacen anacrónicas, porque los tiempos y los grandes relatos fundacionales no son los mismos a través de la historia. Aunque la necesidad de grandes relatos sea un universal cómo se llenan de contenidos y cómo estos, a su vez, imprimen nuevas necesidades narrativas universales y particulares.

Estamos convocados a encontrar nuevos horizontes de reconciliación, y nuevas maneras de comportarnos en el ejercicio de la democracia cuando planteamos que los tiempos no son universales, que los tiempos de hoy imprimen significados complementarios a los de ayer.

En este sentido estamos invitando a explorar y construir flexibilidades semánticas, acuerdos de significados amplios para explicar el contenido de la reconciliación en Colombia, que debe  ser próximo al de otras experiencias en el mundo y distante a la vez, para permitir la búsqueda de su propio significado.

Así, la palabra reconciliación ahora en Colombia incluye movilización ciudadana y participación comunitaria como un deber patrio, como una manera de honrar el título de ciudadano que el país nos otorga a cada una de nosotros que habitamos en Colombia, nacionales y extranjeros igualmente, guardando las debidas normas que se imponen a la participación de todos en asuntos propios de la nación.

Reconciliar en Colombia implica aumentar los índices de lectura acerca de la historia patria. Por ejemplo, nunca nadie nos dijo a los niños que asistimos a la clase de la maestra Teresa en el colegio parroquial, porqué era importante estudiar la historia patria, ni para qué servía. Pero había un espíritu, una forma sútil, imperceptible casi, de habitar en nuestro colegio, en nuestras casas, en nuestras veredas, de la historia patria.

En el centro de la plaza del pueblo había una estatua. Difícil palabra para cuando uno comienza a conocer el mundo; una palabra generalmente asociada a un juego de párvulos, que consistía en quedarse congelado y por fuera del juego – una estatua – mientras no sucediera un evento como ser tocado por otro o por algo, una pelota por ejemplo, para recuperar el movimiento y volver con identidad y volver pleno de derechos al juego en que se estuviera involucrado.

Así, la palabra estatua y señora o señor de bronce en el monumento de la plaza central, de alguna manera se relacionaban con la palabra historia, solo que la estatua del juego era una condición transitoria, mientras la estatua de la plaza era una condición perpetua, congelada en el tiempo y en la memoria.

Hoy, dadas las necesidades prácticas de la de la reconciliación en Colombia y del papel de la educación en la constitución de una cultura democrática en el país, la historia y su enseñanza, constituyen una de tantas empresas proactivas de la paz que exigen una forma de descongelarse como el de las estatuas en el juego de niños.

Deberemos comenzar por construir un relato, que permita a personas de todas las edades preguntarnos por qué y para qué la historia. También, hay que responder y comunicar respuestas a estas preguntas para que la historia de Colombia salga de los museos, cabalgue de nuevo los campos del puente de Boyacá y del Pantano de Vargas, y para que las gestas libertarias, encuentren significado vivo en el hacer cotidiano de millones de Colombianos.